lunes, 25 de julio de 2011

SCHWARZENEGGER

Su foto ocupaba un lugar privilegiado. Cual dios postmoderno todos los ambientes iluminaba. Su cuerpo lustroso. Su juventud inmaculada. Esa sunga siempre tirante y esa sonrisa. Estimulante. Divina. Radiante como toda estrella. La divinidad estaba ahí. Dándonos la fuerza necesaria para seguir. Todo lo podríamos lograr si disciplina teníamos. "Tu puedes", lo oí susurrar. En medio de ese éxtasis mental, la puerta se abrió.
Él llego. Con su jogging viejo y la remera de Miami. Gastada. Desaturada. Nada hubiese sido más genial que verte entre esos aparatos comprados hacía años. La convertibilidad los había hecho surgir. Veinte años no son nada. El ventilador tenía poca fuerza. Andaba hasta ahí nomas. El vaho de sudor mezclado con desodorantes. Cuerpos de ébano y flacos con sacos de huesos. Algunos cansados de tanto ejercicio. Otros desconcertados de estar en el Paraíso. Desde la pared, el gobernador de California nos miraba. Su sonrisa nos fortalecía. Realmente nos daba esperanza.
Vos hiciste la rutina de todos los días. Yo también. Ambos nos cansamos y logramos opuestos resultados. Mi saco de huesos siguió siendo eso. En cambio, tu cuerpo se asemejaba cada vez más a aquella divinidad que desde la pared nos miraba. No basto una hora. Fueron dos. Tal vez tres en las que exhaustos quedamos. Las ganas de una ducha escocesa más fuertes se hacían. El sauna finlandes. 
Lo europeo iba haciéndose más deseable. Lo americano iba siendo desechado. Desde la pared, Arnold nos alumbraba.

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