El día había empezado de una manera bastante precaria. Lamentable despertarse con un llamado inexistente. Buscar entre las sabanas, encontrar el móvil y al momento de contestar, darse cuenta que ya fue, que la llamada es cosa del pasado. Nada, una desgracia. Una desgracia postmoderna.
Durante el resto del día hiciste lo de siempre. Tomar licuados, leer el Vogue, cuchichear con tu hermana y charlar con la mucama sobre el vestido que te compraste en Londres y del embarazo de la de enfrente. El segundo tema te tenía enloquecida. Te divertía demasiado. “Vos que esperas el colectivo siempre con la que trabaja en lo de los Cartlon tendrías que saber algún chimento, algo picante así nos reímos un rato”. Antonia se mato de la risa. “Señora”, dijo respetuosamente.
Al atardecer llego ese matrimonio tan unido que tanto bien te hacía verlos. Con su melena de león y su sonrisa de yacare, Martha te dijo que sentía mucho lo que había pasado. “Es la vida madre. Calidos y fríos. Claros y oscuros, el dualismo nos atraviesa lo quieras o no”, le contaste haciéndote la filosofa graduada de Harvard. Martha se emociono. Conteniendo la risa, les ofreciste algo para comer.
La picada te confirmo una vez más lo importante que es el disfrutar. Afuera quedaron aquellos comentarios innecesarios que alguna vez Martha profirió. Nada. La relatividad de las horas, el placer de verlos tan unidos a pesar de todo te despertó más de una sonrisa. "Los quiero mucho", les confesaste al tiempo que se subían en su coupé.En el fulgor de la noche, el supremo gozo experimentaste .
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