jueves, 4 de agosto de 2011

ENSAIMADA

Había llegado de Buenos Aires algo cansado y entusiasmado con conocer al nuevo niño que acababa de nacer. "Vamos juntos. Yo los llevo". Enfilando para el sanatorio por la Avenida de los Naranjos circulamos. El saber que no iba a poder estar más que una semana lo hizo empalidecer. "Quiero estar para el Día de Nuestra Señora de la Merced en la casa de Camila. Esta deprimida y encima el gobierno le quito la casa que le pertenecía". El tren anunció que pasaba y la anécdota de que a Martina le gustaba la ensaimada contó. La risa fue el ingrediente absurdo que aporte. No me generaba gracia pero fue lo lo que experimente. Afecto ante tanto amor.
El chiquito nació con cuatrocientos gramos de peso y una sonrisa atravesó a la familia entera. Como nunca, nos abrazamos y celebramos por este nuevo ser. El abuelo lo vio y un suspiro de aliento le ofreció. "Sangre de mi sangre", anunció y en una gran danza emergió el amor. Danzamos con las enfermeras y los médicos de guardia. El policía cuya pareja había perdido fue recompensado con la danza de vientre que le ofreció mi prima. El bienestar en la clínica fue haciéndose cada vez más intenso hasta que un enfermero a la vieja usanza, pidió que hagamos silencio en ese solar que se asemejaba a una morgue. 
Con el abuelo volví y nuevamente contó que a Martina le encantaba un postre que en ese momento el nombre no recordaba. "Ensaimada", le plantee y una gran sonrisa le genere. Reímos de vuelta y contento a lo de Camila se fue.

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