sábado, 20 de agosto de 2011

ARDUO

"Señora quédese tranquila que nosotros nos encargamos". Con un pucho en la mano, con el rostro cansado percibió que la aterciopelada mujer miedos guardaba. Un titubeo. El acento aporteñado. El que dirán y el temor al engaño. Ella dijo que le parecia bien, que cierre bien las puertas y que no se olviden de las alforjas. "Usted quedese tranquila", insistió el buen hombre y ella salio caminando. Temblando. Tal vez, llorando.
Deshacerse de la casa de sus padres. Dejar atrás el pasado no era fácil. Según ella lo mejor había pasado.

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