“Usted ya ha venido ayer”. El oriental fruncía el ceño. “Si vine para preguntar cómo era”. “Bueno, pase”, respondió.
Rafaela Carra sonaba en un karaoke en el que eufórica una mujer cantaba los hits de la italiana más intrépida. Un sinnúmero de camas ultra tecnológicas se ubicaban a un costado y a otro. Moribundos, gordos y gordas, ancianas descansaban en ellas. Por un rato, el intenso dolor que sentían en el cuerpo mermaba. Sus mentes se relajaban. Sus almas también. En pleno micro centro rosarino, la demostración de unas camas revolucionarias con piedras de jade y adelantos galácticos generaban una especie de hospital post moderno. ¿Rafaela Carra junto a moribundos?, ¿Euforia de karaoke junto a ancianos postrados por el dolor?
Nunca entendí nada, ese día menos.
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