sábado, 25 de junio de 2011

CACHENGUE

Éramos tres. Nadie hablaba. El auto hacía un ruido, de esos ruidos que solo él que maneja se entera. No obstante me di cuenta. De repente empezó a sonar un cachengue divertidísimo. Todos lo conocían, obvio, pero todos al unísono preguntaron por “el grasa que canta”. Entre risas les conté quien era. “No sean hipócritas que ya lo han escuchando”. Yo ya bailaba. Sin strass y sin mis amadas tejanas sobre el auto bailaba.
Una estación de servicio. Dos yeguas a un costado y un cartel que anunciaba que ya estábamos llegando a destino. Un viaje de perros con un cachengue glorioso.

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